
Durante la última década, el gran titular fue la humanización: la mascota pasó a ser un integrante más del hogar. Ese relato ya se agotó, no porque sea falso, sino porque dejó de explicar algo nuevo.
Lo que muestran los datos de 2026 es un desplazamiento distinto. Se pasa de "la mascota es un miembro de la familia" a "la mascota es una fuente de apoyo emocional y de bienestar".
La diferencia es sustantiva. La primera afirmación es afectiva y describe un lugar en el hogar. La segunda es funcional y describe un rol: el animal cumple una función en la salud mental de las personas con las que vive. Nueve de cada diez tutores declaran, además, sentir que entienden las necesidades de su mascota.
Cuando alguien cumple un rol en tu bienestar, dejas de tratarlo como un gasto discrecional.
El dato generacional es el más comentado y también el más incómodo.
El 91% de los encuestados entre 18 y 34 años declara tener una mascota, subiendo desde 82% el año anterior. Es un salto grande para un solo año en un tramo etario específico.
La lectura que se ha instalado es que hay personas adquiriendo el grado de responsabilidad que implica una mascota antes que el de un hijo. Es una conversación legítima y cruza directamente con la caída sostenida de la natalidad en Chile.
Pero para quienes trabajamos en salud animal, la implicancia práctica es otra: se está formando una generación de tutores que llega al cuidado de mascotas más temprano, con más años por delante de vínculo, y con expectativas construidas en un estándar distinto al de sus padres. No van a aceptar el modelo de "llevarlo al veterinario solo cuando pasa algo".
Acá está el dato que más nos interesa: los gatos senior pasaron de 18% a 32%.
Casi el doble en un año. Es un cambio de composición demográfica de la población felina, y ocurre porque el cuidado mejoró. Mejor alimentación, más esterilización, más vida en interior, más controles.
El problema es que una población que envejece no necesita más de lo mismo. Necesita otra cosa:
Es decir: más frecuencia, más exámenes, más seguimiento. Y todo eso cuesta.
Este es, a nuestro juicio, el hallazgo más accionable del estudio y el que menos se ha comentado.
En la decisión de compra y consumo, el precio pasó del 2° al 5° lugar. Los factores que subieron a los primeros puestos son la calidad y la recomendación de expertos.
Vale la pena detenerse en esto, porque describe a un consumidor completamente distinto al de hace cinco años. Ya no es alguien que compara etiquetas buscando lo más barato. Es alguien que pregunta, que busca segunda opinión, que le pide criterio a su veterinario y que está dispuesto a pagar más si entiende por qué.
Para la industria, eso reordena las prioridades. Competir por precio en esta categoría es competir en el quinto factor de decisión. Lo que define hoy es la credibilidad técnica y el respaldo profesional.
Juntemos las tres piezas: el vínculo es funcional y no solo afectivo, la población está envejeciendo, y el estándar de cuidado subió.
El resultado es un gasto veterinario que crece, se vuelve más frecuente y sigue siendo profundamente impredecible. Una enfermedad renal crónica no se paga una vez: se paga durante años. Una urgencia no avisa y llega concentrada.
Ahí queda la brecha. No entre lo que las personas quieren para su mascota y lo que sienten, sino entre lo que quieren y lo que efectivamente pueden sostener.
Cuando esa brecha se abre, la decisión clínica termina condicionada por el bolsillo. El veterinario propone el tratamiento adecuado, la familia pregunta cuánto cuesta y se opta por la versión parcial. No por falta de compromiso, sino por falta de estructura financiera.
Si la mascota es fuente de bienestar emocional para la gran mayoría de las personas, lo que le ocurre a la mascota afecta a quien la cuida.
Una urgencia veterinaria de alto costo no se queda en la casa: se traduce en estrés financiero, ausencias y distracción durante la jornada laboral. Es un factor de bienestar medible que hasta hace poco no figuraba en ninguna conversación de recursos humanos.
Y con una población animal que envejece y un tramo joven donde más de 9 de cada 10 tiene mascota, deja de ser un tema de nicho dentro de los equipos. Pasa a ser transversal.
Lo que sigue es cerrar la brecha entre esa intención de cuidado y la capacidad real de sostenerla en el tiempo.
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